1. Oye Nencho


    Fecha: 09/01/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: wastedLalo, Fuente: SexoSinTabues

    ... golpearme mostrándomela alzada. ―Buenas tardes, ama Isabel – rectifiqué desde el suelo. María aplaudió mi reacción. ―¡Muy bien nencho, muy bien! – me dijo ayudándome a levantar, agachándose para ponerse a mi altura y revolviéndome el pelo en actitud cariñosa – ahora empezarás con ama Isabel tu adiestramiento. Esta noche me contará cómo te ve y decidiré la estrategia a seguir contigo. Ven, dame un besito. María abrió los brazos y no me pude resistir. Me abracé a ella y enterré mi pequeña cara marcada por sus dos bofetones en el hueco de su firme cuello. ―Venga, ven conmigo niño – me ordenó ama Isabel cuando María se hubo marchado. La seguí. Caminé tras ella hasta llegar a una sala lujosamente decorada. Isabel me señaló el suelo con su dedo índice extendido mirando hacia abajo. No entendí. Miré allí donde señalaba pero no vi nada extraño. ―¡Al suelo, a cuatro patas niño! – me dijo mientras daba un mordisco a una lustrosa manzana que acababa de coger de un frutero – cada vez que veas que señalo al suelo significa que te tienes que arrodillar y besarme los pies. Entendido? Contesté debidamente estando ya en el suelo. Me incliné y besé sus lindos pies. Llevaba unas sandalias blancas consistentes en sólo dos tiras de cuero que salían de un punto donde había introducido el espacio entre su dedo gordo y el de al lado. Nada más. Tenían un tacón pequeño, de menos de una pulgada y al caminar se producía un doble ruido, el del tacón al percutir contra el suelo y el de la suela interna ...
    ... de la sandalia al golpear contra la planta de su pie. ―Cuando mueva los dedos de los pies significa que quiero que me los lamas. ¡Lame! Obedecí. El ama María me lo había dejado claro: obediencia, obediencia y obediencia. Isabel, a pesar de tener sólo diez años, se me antojaba muy mayor. Ya no digo lo que me parecía María ni las mujeres que aún eran mayores que ella. María siempre empezaba el adiestramiento de un novato, como era mi caso, entregando su tutela a Isabel. Lo hacía porque aunque la viésemos mucho mayor que nosotros era más que evidente que teníamos mucho más en común con ella que con el resto de celadoras o tutoras. Después de tenerme un buen rato lamiéndole los dedos de los pies, concretamente mientras ella se comía la manzana, me llevó a su habitación. Se sentó en la cama y me señaló el suelo con el dedo índice. Esta vez supe que tenía que arrodillarme y besar sus pies, pero cuando fui a hacerlo levantó las piernas y los escondió debajo de sus muslos. Había cruzado las piernas. Se rió. Tenía una risa jovial y muy contagiosa. ―¡Busca, busca! – me dijo entre risas a la vez que me cogía de las orejas y tiraba de ellas para dirigir mi cara al lugar donde estaban ocultos bajo sus piernas. Logré introducir el hocico entre la cama y su rodilla doblada y allí hallé la suela de su bonita sandalia que me impedía llegar a su pie. La besé, era lo único que podía besar y ella prorrumpió en exclamaciones de felicitación. ―¡Muy bien Lolo, muy bien! ¿Sabes por qué estás aquí, ...
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