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Oye Nencho
Fecha: 09/01/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: wastedLalo, Fuente: SexoSinTabues
... Lolo? Medité un momento mi respuesta. Finalmente respondí. ―Mi mamá ha muerto, eso me dijo la primera señora con la que viajé, y estoy aquí para encontrar una nueva mamá. ―Bueno, no es exacto. Estás aquí para aprender a ser un buen perrito, una mascota. Un día, cuando estés capacitado, alguien mostrará tu foto y tu currículum a una señora que tenga necesidad de compañía. Antes la gente de dinero tenía perritos para divertir a las aburridas esposas o a sus hijas, ahora tienen niños como tú. Entiendes? Asentí pero no había entendido nada. Seguí de rodillas mirándola a los ojos. Era un ángel hermoso y desde su posición, sentada en cuclillas sobre la cama y yo de rodillas en el suelo, me daba la impresión de que era una pequeña Diosa. Me había gustado mucho que me hiciera besar y lamer sus pies y con la mirada los busqué de nuevo. Sólo asomaban las puntas de sus sandalias. Isabel se sonrió. Su carita pecosa adoptó un aire travieso y se sacó una de sus sandalias. Me la mostró, la acercó a mi cara y la retiró cuando me acerqué. De repente la tiró lejos. ―¡Tráeme la sandalia, nencho, tráemela! – me ordenó con su voz de niña. Me levanté para correr y traerla pero ella me paralizó con un grito. ―¡Así no, a cuatro patas! ¡Y cógela con los dientes y me la traes colgando de la boca! ¡No olvides lo que te he dicho, tienes que comportarte como una mascota! Me puse a gatear, llegué al lugar donde se hallaba la sandalia, que había volcado, le di la vuelta ayudado de la nariz, mordí una de ...
... las tirillas de cuero blanco y regresé a cuatro patas hasta los pies de la cama, con la sandalia balanceándose y golpeándome en la barbilla y la nariz, donde la deposité en el suelo. ―Aquí no, en la mano, dámela – me ordenó con voz cansina – bien, muy bien… ¡Vuelve a por ella! – dejó escapar una risita mientras me volvía a arrojar la sandalia. Volví a gatear por el suelo y repetí la operación. No sé cuantas veces más hizo lo mismo y cada vez fui a buscarla. La cogía sujetando la tirilla con mis dientes y se la entregaba en la mano. Ella me acariciaba la cara con la suela de la sandalia mientras me animaba diciendo que lo hacía muy bien. ―Te gusta mi sandalia? Sí, claro, es muy bonita… ¡bésala! ¡aquí, besa aquí, donde están marcados mis deditos, pasa la lengua! ¡bien perrito, bien! Me llevó a un inmenso comedor. Hora de cenar. Allí debía haber dos o trescientos chiquillos de edades comprendidas entre los dos años y los quince o dieciséis. De estos, de los más mayores, había pocos, un par de docenas a lo sumo, la mayoría estaban entre los cuatro y los seis años. Isabel me dejó en manos de otra guardiana, una mujer de unos cuarenta años, bajita, algo entrada en carnes, que calzaba botas altas, y el cuerpo desnudo salvo por unas bragas negras. Me asusté al verla. Isabel me golpeó en la cabeza con el mango de una fusta que llevaba desde que salimos de su habitación. ―¡Saluda a la guardiana! La celadora dibujó una sonrisa en su ancha cara y se plantó en jarras delante de mí que ...