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Oye Nencho
Fecha: 09/01/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: wastedLalo, Fuente: SexoSinTabues
... estaba de rodillas. Me incliné y deslicé mis labios sobre el lustroso cuero de sus botas de tacón. ―Es nuevo, Isabelita? – preguntó la guardiana. ―Para ti señorita Isabel, lerda – fue la altiva respuesta de mi niña ama. Si hubiera podido ver la cara de la señora a la que besaba las botas habría visto cómo se borraba su estúpida sonrisa. ―Sí señorita Isabel, perdone, señorita Isabel. Me impresionó ver la autoridad que tenía la niña que tras la rectificación de la guardiana se dignó a contestarle. ―Sí, es nuevo, acaba de llegar y aún no conoce las posturas. Me voy a cenar, que me espere en mi habitación. ―Sí señorita Isabel. Un vistazo me permitió ver que los otros niños que comían en aquel inmenso comedor llevaban un collar y algunos de los niños, los que eran más mayores que yo, más o menos de unos seis años, llevaban los testículos anillados. Comprendí, o mejor intuí, que entre las guardianas había claras diferencias. Supe después que a Isabel, por ser hija de quien era, las otras guardianas, al menos las que procedían de las clases sociales más bajas, le debían obediencia y respeto. Tras la cena, la misma guardiana entradita en carnes a la que había besado las botas, me condujo a los aposentos de Isabel que no estaba y tuve que esperarla de rodillas en el suelo. Por toda respuesta Isabel cogió la fusta y empezó a azotarme el culo mientras tenía que besarle los pies. Lloré y supliqué pero Isabel me estuvo pegando hasta que se agotó. Apenas dormí esa noche. El culo me ardía ...
... y las muñecas me dolían. Lloré en silencio por temor a despertar al ama Isabel que durmió plácidamente. Al día siguiente me colocaron el collar alrededor del cuello. Tenía una pequeña argolla en la parte posterior donde podían pasarme una presilla a modo de correa. Isabel me paseó arriba y abajo de un inacabable pasillo alicatado con baldosas rugosas. ―Para que se te hagan las rodillas – me comentó. Aquella noche tenía las rodillas en carne viva. Era incapaz de aguantar arrodillado. Cuando me desplazaba dejaba tras de mí las huellas de mi sufrimiento en forma de acuosas y sanguinolentas manchas sobre el suelo. Iba lento y eso me procuraba azotes en las nalgas que aún me escocían del castigo de la noche anterior. Cuando por fin pude estirarme en el suelo fue como una liberación. Al siguiente día Isabel empezó a trabajar con las diferentes posturas que debía adoptar en presencia de las guardianas. ―Las rodillas, más juntas, el culo en pompa, más alto… más… así, los codos y los antebrazos pegados al suelo… no, así no – me rectificaba dándome golpes con sus sandalias – las palmas de las manos boca abajo, los dedos estirados y juntos. La primera vez que adopté la llamada postura de sometimiento fue ante una celadora a la que había visto el día anterior patear a una chiquilla en la cara porque, según la celadora, se resistía a aprender. Otras dos guardias se la llevaron echando sangre por la nariz y la boca. Yo me quedé muy asustado. Isabel me entregó a ella y rápidamente adopté la ...