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Putas de Alicante, entre todas, las más excitantes
Fecha: 20/02/2021, Categorías: Grandes Series, Autor: Peregrino, Fuente: CuentoRelatos
... que me corriera como un colegial. No me hubiese recuperado nunca de la vergüenza, del bochorno de soltar la leche antes de tiempo, sin siquiera haber disfrutado de aquel cuerpo de escándalo. —Ahora, hazme tú a mí lo mismo —dijo Auri con su voz melosa. No me lo pensé dos veces y, girando sobre mi vertical, me puse de cara a ella, enjaboné mis manos y las planté sobre sus tetas, duras como piedras, con los pezones amenazando con salir disparados y dejarme tuerto, o ciego. Ella no tardó en regalarme algún que otro gemido. Este gesto me gustó, más que nada porque me parecieron sinceros. De todas formas, ¿qué experiencia tenía yo valorando si los gemidos de las profesionales del sexo son fingidos o no? Me dejé llevar, y mis manos se fueron solas a su entrepierna. El tacto de su coño era aterciopelado. Y el clítoris un volcán en erupción. Por suerte mi manguera estaba lista para entrar en acción y sofocar el fuego. Apenas volvimos a lasuite, los gemidos de Rober resonaban por toda la estancia. No fue necesario forzar demasiado el cerebro, ni la vista, para saber que entre la rubia y la morena le estaban comiendo la polla, repartiéndose los turnos como buenas hermanas. —No hay nada mejor que la mamada de una puta —aseguró Rober, extasiado, con la voz tomada. Ellas soltaron unas risitas. Y yo un suspiro. Por su parte, Auri, que no quería ser menos complaciente que sus compañeras de profesión, se arrodilló delante de mí, me tomó la verga entre sus pequeñas ...
... y delicadas manos y, poco a poco, la llevó a su boca. Casi desfallezco cuando atrapó el glande entre sus labios. Luego, con su juguetona lengua, me propinó una serie de lametones cortos que… No pude aguantar más. No quería seguir conteniendo el deseo. No tenía intención de demorar lo inevitable. Sin decir nada, la tomé por las axilas, ayudé a que se incorporara y me dispuse a metérsela hasta el fondo, por detrás, a cuatro patas, en el extremo de la cama, una enorme cama redonda cubierta por una manta imitación de piel de cebra. —Ponte una goma; sin condón no hay nada que hacer —exigió Auri. —Tienes razón. Perdona, pero estoy tan lanzado que ni había reparado en ese detalle. En verdad sí había reparado, pero me hice el loco por si colaba, por si tenía la fortuna de al menos metérsela un poquito a pelo. Lamentablemente no coló y tuve que apechugar con el látex. Este detalle poco me importó cuando comencé a penetrar aquel panal de miel. Ahí estábamos los dos: ella, con las rodillas y las manos clavadas en el mullido colchón; yo, por mi parte, enfilando mi verga hasta lo más profundo de su ser. —¡Vamos, machote —dijo Auri—, dame todo lo que quieras, que tienes barra libre. Aquella promesa, más sorprendente que inesperada, dio pie a que me soltara la melena y penetrara a la fulana con todas mis ganas, que no eran pocas. Entonces, sin saber cómo, la vi como lo que era y no como la había idealizado desde el primer momento. La cosa no estaba para coñas; ...