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La invitada
Fecha: 25/11/2021, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
... esposa aún le rebañó la punta de la polla. Lo sé porque un espeso grumo blanco quedó adherido en la misma boca del vaso. El tipo se quedó sentado hasta que ella, haciendo un exceso, apuró el nutritivo cóctel que él mismo había aderezado. Cuando Verónica apoyó el vaso sobre su muslo, hasta yo, desde la ventana del primer piso, pude comprobar que sólo restaban en él los cubitos de hielo. No obstante, dudé que un cóctel hubiera logrado sofocar la calentura de mi esposa. Llevábamos dos semanas si follar. Si bien yo tenía mis sospechas, el hombre se recostó en la tumbona sin que yo pudiese ver de quién se trataba. Con todo, me retiré de la ventana agradeciendo no saber la identidad de aquel sinvergüenza. Como es lógico, habíamos pensado dar de cenar temprano a los niños para así tenerlos acostados lo antes posible. Fue precisamente al comienzo de la cena cuando nos enteramos del truco de Himar para conservar su escultural figura. Nuestra excepcional invitada era vegetariana. La presentadora sacó de un cesto su propio exprimidor para hacerse un zumo de naranja y luego, abrió una de esas ensaladas minimalistas de brotes tiernos, con queso fresco, miel y nueces. Salvo Himar, todos teníamos el número estándar de hijos, dos. Aunque al hijo de la periodista le tocaba pasar el fin de semana con su padre, con seis niños y niñas correteando por la casa, el jaleo estaba garantizado. Es bueno tener cosas en común, eso siempre ayuda a crear un ambiente distendido. Las ...
... escaramuzas entre madres e hijos para conseguir que los niños comieran de todo, o para que no se comporten a la mesa como vikingos llenó un buen rato de risas. Puede que mis hijas comiesen poco, o muy poco según opinaba mi madre, pero según las tablas de la enfermera, las niñas estaban creciendo bien. Lo mejor, no obstante, era que por fin comían solas. Montse no tenía tanta suerte, sus hijos no hacían más que jugar con la comida que tenían en el plato. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no hicieron falta palabras para que supiera que necesitaba ayuda. Aunque Montse y yo no siempre nos habíamos entendido bien, ahora éramos buenos amigos. La psicóloga había dado a luz a melgos. Dos niños, uno rubio y otro moreno, pero ambos igual de revoltosos y desobedientes. A falta de una camisa de fuerza, opté por la vieja viejísima táctica romana: “divide y vencerás”. Me coloqué pues entre Zipi y Zape para que no se distrajeran y, cual funcionario de prisiones, vigilé y corregí el más mínimo amotinamiento. Entre tenedor y tenedor, no pude evitar echar un furtivo vistazo a las tetas de la madre. Esther era la que más pecho tenía de todas, incluso más que la presentadora. En un acto de piedad y, a la espera de que bajáramos a la piscina al día siguiente, Esther se había puesto un escote que era un auténtico imán para los ojos. Igual que el cántaro que tanto iba a la fuente, la madre de aquellos dos folloneros me sorprendió mirándole las tetas. La psicóloga frunció el ceño y, con un ...