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Estaba loca, pero era mi loca
Fecha: 16/03/2022, Categorías: Incesto Autor: Quique., Fuente: CuentoRelatos
De Eugenia, la tía de José, decía mi padre que se volviera loca el día en que se muriera su marido, ya que desde ese momento no volviera a salir de su caserón y del deceso ya hacía 17 años. Eso quería decir que no se relacionaba con la familia. La única persona que la veía era Amalia, la encargada de cobrar las rentas de sus tierras y de sus casas, que a su vez le compraba todo lo que necesitaba para vivir y pagaba sus facturas. Como de costumbre, paso a escribir el relato en primera persona. Era yo muy crío cuando la palmó mi tío Javier, o sea, que no me acordaba de él ni de mi tía. La gente decía que me parecía una barbaridad a él. Lo dejaban caer y no profundizaban más porque mi padre era de los de mano levantada. Yo era muy curioso, así que una noche quise saber cómo era Eugenia... El caserón de mi tía tenía naranjos alrededor y uno de ellos daba a la ventana de la habitación donde dormía, supe que era la suya porque en ella se encendió una luz. Esa noche me conformé con saber dónde dormía. A la siguiente esperé subido al naranjo a que llegara a la habitación. Cuando llegó encendió la luz. La vi y me acojoné. Parecía un alma en pena. Era delgada y me quitaba una cabeza de altura. Vestía de negro desde los pies a la cabeza y un velo le cubría la cara. La cosa cambio cuando se quitó el velo. Tenía la cara redonda, sin colorantes ni conservantes, sus labios eran gruesos, su nariz respingona, tenía un hoyuelo en el mentón y su cabello negro era espeso y largo, muy ...
... largo, le llegaba hasta debajo del culo. Era guapa. Hice cuentas y si se había casado a los dieciséis años y mi tío se muriera un año después, debía tener 33 o 34 años. Se quitó el vestido. Su piel era casi tan blanca cómo la leche y debajo no llevaba nada, bueno sí, sí llevaba, llevaba unas tetas medianas, tirando a grandes, con areolas y pezones casi negros y un bosque negro entre sus largas y finas piernas que al verlo se me puso la polla dura. Era verano e hiciera mucho calor durante el día. Se quitó las sandalias y se echó boca arriba sobre la cama, puso las manos detrás de la nuca, y al ponerlas vi el vello de sus axilas, luego apagó la luz y cómo no había nada más que ver bajé del naranjo y volví a casa. Al día siguiente estaba escondido detrás de una roca con mi escopeta de balines esperando a que los mirlos y los tordos se posaran en un roble ancestral cuando oí ruido de pasos de personas. Al otro lado de la piedra escuché cómo decía una de ellas: -Si lleva 17 años recibiendo dinero y no sale de casa no los puede llevar al banco. Cuando menos debe tener guardado un millón de pesetas. Era la voz de un hombre, voz que no conocí. Otro de los hombres, del que tampoco conocí la voz, dijo: -Tampoco exageres. Esa cantidad de dinero no existe. El último hombre dijo: -Existe, tarado, pero no creo que tenga tanto. Otra cosa, esta noche después de robarla. ¿Quién va a matar a Eugenia? Le respondió el primer hombre. -Tú, que te conoce. Lo conocía, ...