1. Habilidad familiar


    Fecha: 30/12/2022, Categorías: Confesiones Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos

    ... rural situado en una zona montañosa, boscosa, en plena naturaleza, con todos los posibles defectos de la lejanía de la ciudad, pero con las muchas ventajas asociadas a este entorno maravilloso. Nos damos unos paseos senderistas cojonudos. Somos los únicos clientes alojados —aunque a diario llegan seis o siete coches para comer en el restaurante, más los fines de semana— además, están la dueña —excelente cocinera— una ayudante y un matrimonio joven que se encarga del servicio y mantenimiento general.
    
    Lena me repite que está confirmando día a día que poseo la habilidad —así lo suele llamar ella— familiar. Me da constantemente consejos de carácter general —fundamentalmente normas de comportamiento— y de vez en cuando me hace ensayar con las personas que vienen a comer al hotel. Ya nos han invitado a comer o cenar en cuatro ocasiones y, sinceramente, yo lo único que he hecho es mostrarme amable y educado en el trato con las personas, repetirme a mí mismo —con convicción, bien concentrado y sin distracciones en el momento de hacerlo— aquello que quiero conseguir de ellas, además de que siempre hay que intentar fijar la mirada en sus ojos unos cuantos segundos durante el proceso. Veo actuar a mi madre, me fijo, y actúo como ella, diciendo para mí mismo aquello en lo que antes ambos nos hemos puesto de acuerdo.
    
    No hay que enviar mensajes equívocos, ni complicados ni contradictorios, no hay que chocar de frente contra las posibles concepciones de la persona en cuestión, y es ...
    ... importante no forzar nunca las situaciones. No se puede influir sobre todo el mundo, siempre hay excepciones —Lena dice que como un quince por ciento— que hay que respetar y de las que es mejor olvidarse para evitar problemas.
    
    Tras un tiempo de sexo abundante con Marisa, se puede decir que ahora, de nuevo, estoy salido como un mono y con ganas de recuperar el vicio solitario. Pero, si tengo habilidad para el control mental de personas, supongo que podré intentar manipular a alguna mujer para que se acueste conmigo. Se lo digo a Lena, se ríe a carcajadas —ya tardabas mucho en plantearlo— y me dice que elija objetivo.
    
    Rosa, la dueña del hotel, es una mujer más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, alta, grandona, pelirroja, simpática, agradable. Y tiene de todo muy bien puesto. No es que sea especialmente guapa, pero sí llamativa, con su abundante larga melena —recogida para trabajar en un moño alto— unos ojazos azules que parecen comerse el mundo, boca grande de labios gruesos —que me hacen revivir en la memoria las chupadas de Marisa— y un cuerpazo curvilíneo con silueta de reloj de arena. Ufff… qué ganas tengo y qué ganas le tengo, me pongo palote en cuanto la veo.
    
    Ante la chimenea de un salón pequeño que funciona como bar estamos tomando una copa Lena, Rosa y yo. No hay nadie alojado en el hotel salvo nosotros y los últimos comensales de la cena se marcharon hace más de una hora, al igual que el personal del hotel, quienes viven en una casa de campo muy ...
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