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El círculo. Cap.31. Todo depende de tí
Fecha: 28/11/2025, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... los treinta y cuatro. No se vuelve más fácil. Pero sí se vuelve menos mortal. Ximena se limpió la nariz con la manga. La miró con algo parecido a la paz. —¿Me puedes preparar un baño? —Claro. __ La tina era pequeña pero suficiente. Le echó unas gotas de aceite esencial de lavanda y dos puños de sal de mar. Agua tibia. Luz apagada. Una vela. Míriam lo había hecho mil veces para ella. Esa noche, lo hacía para otra versión de sí misma. Ximena entró sin pedir toalla. Se desnudó con pudor, con las marcas del vestido en la piel. Tenía moretones pequeños en las piernas y un arañazo en la espalda. —¿Te dejó alguna marca? —preguntó Míriam, al verla entrar. —Solo en el ego —dijo Ximena, y fue la primera vez que sonrió. Se sumergió en el agua como si fuera un exilio. Míriam cerró la puerta. __ Ya era de madrugada cuando Ximena salió, con una camiseta de Míriam puesta, de esas enormes que usan para limpiar o dormir. Pies descalzos. Cabello húmedo. Ojos hinchados. No preguntó nada. Se metió en la cama de Míriam sin pedir permiso. —¿Te puedo abrazar? —dijo, con voz de niña asustada. —Siempre. Se acomodaron despacio. Míriam la abrazó por detrás. La apretó. Sintió su respiración en la espalda. Y entonces, la calma. No había que decir más. Esa noche no. Había demasiada historia en sus cuerpos, en la fragilidad compartida, en el abrazo tibio de dos mujeres que ya no querían escuchar promesas. Durmieron así. Pegadas. Cansadas. ...
... Silenciosas. Y afuera, en la ciudad que tanto prometía y tan poco cumplía, nadie las buscó. Nadie preguntó. Porque a veces, las verdaderas guerras se libran bajo techo. Sin ruido. Sin héroes. Solo con cuerpos que saben sostener lo que duele. _ Aún no amanecía. Ni siquiera los pájaros de la plancha del Zócalo se habían atrevido a cantar. El cielo estaba en ese gris turbio de la ciudad contaminada, como si ya supiera lo que iba a pasar ese día. El último antes de la elección. El más largo. Damián bajó al estacionamiento de Palacio Nacional sin hacer ruido. Traía un vaso de café frío en la mano y una chamarra delgada de esas que no abrigan, pero engañan al cuerpo. Polo rosa pálido. Jeans holgados, un poco arrugados. Suéter azul con franjas grises. Zapatos de piel color miel. Un maletín viejo, pesado. El mismo de siempre. Jorge Enríquez ya lo esperaba. Estaba recargado en el coche, un sedán gris sin placas oficiales. Lentes oscuros, incluso a esa hora. Pantalón de mezclilla entallado, camiseta negra sin logo, chamarra de mezclilla encima. Tenía la mandíbula tensa, los brazos cruzados. Parecía alguien que nunca duerme. O que no necesita. —Buen día, jefe —saludó, sin moverse. —No es un buen día, George. Pero es el que nos tocó. Jorge sonrió apenas. Siempre había sido así. Callado, obediente, letal. Lo había conocido en Gobernación, cuando ambos eran sombras al servicio de otros. —¿Traes todo? —preguntó Damián. —Sí. Lo que pediste. Damián asintió. Miró alrededor. ...