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El círculo. Cap.31. Todo depende de tí
Fecha: 28/11/2025, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... eran. —Verde con pollo, pa' mí —dijo Jorge. —Rajas con queso. Y atole de guayaba —ordenó Damián, como si llevara años viniendo. Se sentaron en la banqueta. Cada uno con su bolsa de papel grasosa, vasos de unicel humeando. Ni una sola cámara. Ni un solo escolta. Solo los dos. Como en los viejos días. —¿Y no le da miedo jefe? —preguntó Jorge, después de un sorbo largo de atole—. O sea... lo de hoy. Lo que hiciste allá adentro. Echarte encima al partido. Al senador. Damián masticó. Miró el suelo. Tomó aire por la nariz. —Claro que me da miedo, cabrón. —Pausa—. Pero hay que echarle huevos. Si no, ¿pa' qué chingados estamos aquí? Jorge lo miró de lado. —Lo bueno es que ya no tengo familia. Solo me falta el canario —bromeó—. Y usted, jefe… ¿tiene a alguien que te espere en casa? Damián no contestó. Solo tragó. Después dijo, bajito, casi para si mismo: —Si, siempre ha sido todo para ellas. __ El domicilio en Iztapalapa estaba en la colonia Desarrollo Urbano Quetzalcóatl. Barrio denso. Calles rotas. Esquinas con botes de basura quemados. Grafitis de dos elecciones pasadas. Muchos perros sueltos. Pocas miradas. El coche se estacionó frente a una casa de dos pisos, vieja, sin pintar. Portón metálico, oxidado. Arriba, un alambre de púas improvisado. Cámaras viejas, probablemente falsas. —¿Aquí vive el cabrón ese? —preguntó Jorge, con la mano en la pierna, donde solía llevar la pistola. —Aquí. —Bonito lugar. —Tocamos, ¿no? Un hombre ...
... delgado abrió la puerta, les hizo una seña. Subieron por unas escaleras estrechas que olían a perro, humedad y fritanga. Llegaron a un patio techado con lámina. Al fondo, en una silla de ruedas motorizada, los esperaba don Gregorio Vargas, conocido por todos como “El Goyo”. Tenía unos 70 años, pero la cara endurecida de alguien que lleva matando desde los veinte. Manos grandes, uñas sucias, un crucifijo colgando del cuello. Ojos grises. La pierna izquierda, amputada. —¿Tú eres el tal Damián Ortega? —Ese mero. —Te esperaba más alto. —Y yo esperaba que caminaras. Goyo soltó una risa hueca. —Sientense. Jorge se quedó de pie, al fondo. Damián sacó del maletín un folder con papeles. Lo dejó sobre la mesa. No lo abrió. —Me dijeron que el partido ya se arregló contigo. Que te soltaron algo, promesas, pintura, despensas. Te prometieron más lana si ganan. ¿Así fue? —Así fue —dijo Goyo—. Pero prometer no cuesta. —No. Pero cumplir, sí. Damián se inclinó, con los codos en la mesa. —Te traigo un trato mejor. —Pausa—. Que te la juegues con Abril. —¿Con la chichona? —Con la próxima senadora. Goyo lo miró. Escupió en una servilleta. Revisó su cigarro. —¿Y por qué haría eso? —Porque te conviene. Porque si la impulsas tú, si haces que tu zona le dé vuelta a la elección, tú vas a ser el que le abrió la puerta al poder. Y ella… no lo va a olvidar. Yo tampoco. Goyo se rascó la barbilla. —¿Y si el partido gana? —Entonces sigues en donde ...