1. Superficie


    Fecha: 30/11/2025, Categorías: Control Mental, Autor: AnaisBelland, Fuente: TodoRelatos

    ... brillante, siempre con billetes húmedos en los dedos. El aire olía a perfume barato mezclado con whisky derramado y sudor. Mary caminaba entre ellos como si fuese parte del decorado, pero en su mente solo estaba la voz:“Mueve la cadera, hazlos sudar con tu risa bimbo, deja que te devoren con los ojos.” La vergüenza aún latía en el fondo, pero era un murmullo lejano. Ahora cada pensamiento se reducía a obedecer, a imaginar las escenas obscenas que la voz le dictaba. Cuando la música la llamó al centro del escenario, Mary se dejó llevar: las luces la bañaban, el humo la envolvía, y cada giro de cadera era acompañado por susurros íntimos de la voz:“Inclínate más… muéstrales tus uñas brillantes, deja que imaginen tus joyas ocultas. Ríe bimbo, ríe como si el placer fuera tuyo y de nadie más.” El baile la convirtió en un altar decadente, y la voz marcaba cada movimiento como si fuera un rosario obsceno. Los clientes jadeaban en las mesas, algunos se inclinaban hacia adelante como si quisieran devorarla con la mirada, otros arrojaban billetes húmedos que se pegaban al escenario como ofrendas. La voz se deslizaba entre sus jadeos:“Cada billete es un beso, cada mirada una lengua, cada hombre un siervo. Muévete más, muñeca, dales un paraíso decadente en cada giro.”
    
    Cuando reconoció a su ex —aquel al que había dejado tiempo atrás por sus propias creencias conservadoras y puritanas— la voz se hizo cruelmente dulce:
    
    —Muéstrale lo que dejaste atrás, puta santa que fingía pureza. ...
    ... Hazlo arder de deseo y humillación. Dale en la cara que María murió… y que Mary ahora se abre, se ríe y se vende como carne brillante. Haz que te imagine gimiendo con la boca roja, sus billetes pegados a tu piel sudada, tu risa bimbo marcando su derrota.
    
    El orgasmo seguía creciendo, como tormenta eterna, acompañado de imágenes que la hacían sonrojar y gemir en secreto. Ella bailaba para él, sus caderas rozándolo, mientras la música y el humo los envolvían. Con voz entrecortada, le confesó que era María, aquella puritana que lo había dejado por sus convicciones. El ex quedó primero en shock, incrédulo, sin poder asociar a la mujer bimbo que danzaba sobre él —cabello platino, tacones imposibles, uñas largas y rojas, vestido mínimo, pechos realzados con piercings que tintineaban bajo la tela— con la rígida novia de antaño. Ante sus ojos, María había desaparecido: lo que veía era una muñeca brillante, artificial, hecha para la mirada y el deseo. Pero pronto la situación lo devoró: sus ojos se encendieron de deseo y aprovechó la entrega. Sonrió con cinismo, metiendo billetes en su escote y luego hundiendo uno más en la tanga, tan profundo que ella gimió, sintiendo la humillación mezclarse con placer. La voz en su interior susurraba obscenidades, empujándola a moverse más, a reír como muñeca rota, a dejar que él comprobara lo irrecuperable de la antigua María. Y al final, obedeciendo al mandato ardiente de la voz, Mary se inclinó sobre él con sonrisa bimbo y le ofreció el siguiente ...