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Mamá, ¿por qué estás desnuda? (8)
Fecha: 19/01/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... duda. Yo me senté a su lado, y tardé como veinte minutos en animarme a quitarme la playera. Luego el short. Debajo, los boxers de cuadros rojos y negros. Me quedé así, en ropa interior, fingiendo que no tenía calor ni ganas de morir de vergüenza. Mamá se acostó boca arriba, cerró los ojos y empezó a absorber sol como lagarto. No miró a nadie, no buscó referencias externas, sólo se quedó ahí, respirando hondo, como si por fin hubiera llegado al lugar donde no necesitaba disimular nada. Yo, en cambio, no podía dejar de mirar a los lados. Me sentí ridículo por estar sudando la gota gorda con mis boxers de cuadros. No sé cuánto tiempo pasó. El sol me estaba derritiendo, y la humedad pegajosa me tenía la piel brillante. Mamá abrió los ojos y me miró, divertida. —¿Por qué no te metes al mar? —Porque no traje traje de baño, —dije, como si fuera una excusa válida. Ella se sentó, se quitó el bikini de un movimiento, y lo puso a secar en la toalla. Su cuerpo era exactamente como lo recordaba, pero diferente al mismo tiempo: los senos altos, la piel tersa y tostada, los muslos firmes. Había marcas de estrías en las caderas y una cicatriz chiquita debajo del ombligo. El vello púbico, que alguna vez pensé que sólo existía en la literatura, estaba ahí: negro, rizado, y hermoso en su existencia rebelde. Al ver la escena, sentí que el corazón se me iba a salir por la boca. Mamá se metió al agua y nadó un buen rato. Yo la miré desde la orilla, clavando los ...
... pies en la arena caliente. Finalmente, me quité los boxers, los escondí debajo de la toalla, y corrí hasta el mar. El agua estaba helada y deliciosa. Nadé hasta donde mamá estaba flotando, y los dos nos reímos como idiotas en la espuma. Por un rato, se me olvidó el miedo. Al salir del agua, sentí el aire recorrer mi cuerpo, y la ausencia total de tela era tan extraña que me pareció estar usando un disfraz. Me tumbé en la toalla, al lado de mamá, y ella me sonrió con los ojos entrecerrados. —¿No te sientes más libre? —preguntó. Y tuve que admitir que sí. El resto del día fue una secuencia de escenas simples y absurdas. Caminamos por la orilla, recogimos piedras. Mamá se bronceó las tetas sin miedo. Yo pasé media tarde con una erección semi-oculta bajo la toalla, hasta que dejé de darle importancia. Nadie miraba. Nadie juzgaba. A la hora de la comida, compramos pescado empanizado y cerveza a un vendedor ambulante, quien curiosamente debía ser el inviduo más asiduo a la playa y al mismo tiempo el que más vestido estaba. Lo comimos ahí mismo, sentados en el suelo, con la sal de la piel mezclándose con la de las papas fritas. Al caer la tarde, regresamos a la posada. La señora de las cejas azules nos saludó desde el porche, y antes de entrar al cuarto, nos detuvo. —Viaje de pareja, ¿eh? —dijo, guiñándonos un ojo. Mamá se rio a carcajadas, pero no la contradijo. Ya en el cuarto, nos duchamos por turnos. El baño estaba helado, pero la piel ardía por el ...