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Mamá, ¿por qué estás desnuda? (8)
Fecha: 19/01/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... sol. Cuando terminé, mamá me esperaba en la cama, con el pelo mojado y envuelta en una sábana como si fuera un vestido de gala. Cenamos un poco del pescado que nos sobró. El ambiente era tenso. Mamá parecía comer despreocupadamente, como si nada raro pasara. Pero yo no podía pretender lo mismo. Todo el día me la había pasado excitado por nuestra aventura y ahora necesitaba liberarme. Me levanté, sintiendo el peso del deseo sobre mis hombros. Y sin dar explicaciones, me quité la playera, el short y el bóxer. El aire tibio me rasguñó la piel. Sentía un cosquilleo en el abdomen, producto de estar haciendo algo prohibido, de estar saltando al vacío. Mamá dejó de comer para observarme. Se veía sorprendida, a secas. —Creo que le agarré el gusto a andar desnudo — dije, excusándome nerviosamente. Ella asintió con la cabeza y su mirada recorrió mi cuerpo. Me estremecí, y no de frío. Necesitaba que algo pasara, era como estar bajo el agua y necesitar respirar. —¿No quieres acompañarme? — solté, a la desesperada, esperando cualquier cosa. Un milagro, un rayo, la muerte misma. Mamá no respondió inmediatamente. Se tomó su dulce y preciado tiempo para mirarme a los ojos. Mi vida entera desfilaba frente a mí en ese momento. Yo. Mamá. Una vieja habitación frente al mar. Mi corazón latía con más fuerza de la necesaria y podía sentir en las sienes el bombeo incesante de la espera. Dios mío. ¿Quién era yo y qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué ...
... está necesidad de forzar lo inmoral? Estaba obsesionado, enfermo, intoxicado. No había manera en que… no palabras que… salvación… deseo… algo a lo que aferrarse. Casi me pongo a llorar, la boca y las manos me temblaban. Pero entonces, en ese minúsculo momento donde el tiempo y el silencio se revuelcan, el milagro sucedió. Con una calma que competía con mi angustia, mamá se puso de pie. Sin ninguna reverencia, bajó los tirantes de la blusa y jaló de ella hacia el suelo. Era la manera más antinatural de despojarse de una prenda del torso. Y eso, me parecía salvaje, animal. Al levantarse, sus tetas apuntaban directo a mi rostro, cono un arco a punto de disparar la flecha fatal. Contuve el aliento. Incapaz de articular una plegaria digna de tal proeza. Mamá entonces llevó las manos con parsimonia a su short. Los dedos recorrieron la tela con deleite hasta llegar al botón. Y lo desanudaron. La prenda cayó al suelo. No había nada más de que despojarse. Al centro de su sexo, el encaje barroco de la cárcel y el delirio. Y mi sed de morderla era tan urgente, como el fruto que anhela ser comido. Pero no pude, no podía, era incapaz de abalanzarme y tomar lo que deseaba. —Tienes razón, se está bien así — soltó, con una sonrisa quebrada, como si lo que yo buscara fuera su aprobación. Ambos, de pie, de frente, mirándonos. Era todo. “Que el amor condene a quien claudique”, pensé. Y me arrojé. Crucé el océano desosegado entre nosotros. Mamá me miró, con un ...