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Diario de un Consentidor 201 Phobos y Deimos
Fecha: 23/04/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... ella me acarició la cara. —Son cosas de chicas. Y me besó. Sí, la noche prometía. A todo esto, Alonso esperaba en la alcoba con un criado vestido de uniforme, acababa de entrar porque aún sujetaba un carrito con diversas bandejas cubiertas con tapas plateadas, servilletas bordadas, copas y dos botellas de vino. Se había desnudado durante nuestra ausencia y se cubría con un batín corto. —He pedido alguna cosa para picar, porque supongo que no querréis una cena formal. ¿Has visto, Sebastián, qué regalo tan hermoso le he traído a la señora? —le dijo al criado tomándome de la mano. Sebastián, un hombre mayor, de al menos sesenta años, me examinó como quien mira una pieza de arte mientras me hacía girar sobre mis pies. —Hermosa, señor, tiene usted un gusto exquisito. Si me lo permite, es la mejor desde… —Está bien así, Sebastián, puede retirarse. Aquella escena me devolvió a la realidad, había perdido la noción de quién era y dónde estaba, no era una invitada sino una prostituta alquilada para satisfacer a una pareja hastiada de los placeres cotidianos. Me enfadé conmigo misma, parecía que en todo ese tiempo no había aprendido nada, Claudia me hizo pasar por lo mismo ofreciéndome cercanía para ponerme en mi sitio a continuación. Alonso se quitó el batín y pude apreciarlo desnudo, le gustaba exhibirse y lo hizo mientras abría el vino, preparaba las bandejas y servía los platos; buena polla, vientre trabajado, nalgas algo caídas, bien depilado. Comimos y ...
... bebimos charlando de cosas intrascendentes y otras menos. Rosalía se había deshecho de las bragas, yo también, los aros la tenían enamorada, confesó, y durante los preparativos los había estudiado, preguntó las obviedades de rigor y aprovechó para acariciarme los pechos sin ningún reparo. Terminada la cena informal, volvimos a ponernos serios. Tenía un pequeño tatuaje en el pubis, una flor de lis y le devolví las simplezas típicas que me había preguntado sobre el dolor y esas cosas, lo hice sobre todo porque mi insistente mirada a una zona tan íntima la estaba poniendo nerviosa y quise levantar el pie del acelerador. Imposible, seguía interesada en el piercing y, de paso, endurecerme los pezones, yo correspondí repasando el tatuaje mientras me contaba el significado de la flor de lis, exploré más allá del perímetro del dibujo, rocé el vello y detuvo el discurso por culpa de un jadeo; cómo me gustaba aquella pequeña zorra viciosa, desde que la vi quitarse el sujetador deseaba probar esas tetas, tuve la audacia de acercar los labios, besarle los pezones y usar la lengua para sacarle los primeros gemidos antes de mordisquearlos. Nos habíamos sentado en una enorme chaisse longue, el perfume que la envolvía me tenía embriagada, su voz, rota por el deseo, era una melodía para mis oídos, sólo los perros tocando aquí y allá con su fría nariz ponían el punto discordante, ¿cómo decirle que los apartase sin romper un momento tan erótico? Alonso, atento a nuestro juego, percibió la tensión y ...