1. El círculo. Cap.36. El poder es una herida abierta


    Fecha: 15/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    ... todos sabemos qué hay detrás. Las viejas cúpulas del PAN PRI y lo que queda del PRD... ah y el nuevo algoritmo.
    
    Regina giró lentamente su copa, sin beber. Los ojos clavados en un punto invisible del mantel.
    
    —¿Eso te pone en conflicto con Damián?
    
    Hubo un silencio. Abril cruzó una pierna sobre la otra, recta, erguida, como si cada músculo en su cuerpo supiera que esa noche era un parteaguas. Luego respondió, con la voz más suave que tenía:
    
    —A Damián ya lo perdí. Pero no puedo perder la gobernabilidad del Senado.
    
    Regina alzó apenas la mirada. No dijo nada. Pero algo se ablandó en su gesto. No por compasión, sino por reconocimiento. Regina no confiaba en casi nadie. Ni siquiera en sus secretarios. Solo en un puñado de operadores. También confiaba en Abril. En su temple. En su sentido de Estado. En que nunca confundía el poder con el afecto.
    
    —Te dije una vez —dijo Regina, al fin— que tú no ibas a ser presidenta, pero sí ibas a gobernar. Y lo estás haciendo.
    
    —Todavía —dijo Abril, con una sonrisa seca—. Pero me estoy quedando sola. Serrano tiene la maquinaria. Damián tiene el relato. Y yo… yo tengo la factura de todo lo que hicimos para evitar un golpe de Estado.
    
    Regina rió por primera vez. Un gesto breve, sin dientes.
    
    —Y la factura siempre llega.
    
    —A veces llega con nombre y apellido.
    
    —¿Y esta vez? —preguntó Regina— ¿Ortega o Serrano?
    
    —Serrano es peligroso. Pero es predecible. Damián… tiene demasiadas capas. Es brillante. Pero se le está subiendo ...
    ... el personaje.
    
    Regina asintió. Era la primera vez que Abril criticaba a Damián sin el filtro del afecto. Era el principio de algo. O de su fin.
    
    —¿Lo vas a contener?
    
    —No. Lo voy a obligar a elegir. O juega conmigo… o juega solo.
    
    Regina bebió un sorbo de vino. Largo. Luego dejó la copa con cuidado sobre el mármol.
    
    —Quiero que sepas que no tengo a nadie más. Serrano me usó por años, desde que era el segundón de Lorenzo. Damián se me fue, es un animal de cálculo. Tú eres la única que aún se sienta a cenar conmigo sin grabarme.
    
    —Yo no te grabo —dijo Abril, bajando la voz—. Pero sí tomo nota.
    
    Ambas sonrieron. La complicidad entre ellas no era afectiva. Era estructural. Era como un puente colgante entre dos montañas que se miraban con respeto, aunque no compartieran el paisaje.
    
    —¿Y si esto revienta? —preguntó Regina, casi como al aire—. ¿Si la interna nos parte en dos? ¿Si el partido se desangra?
    
    —Entonces —respondió Abril, alzando la copa por primera vez— haré lo que tú me enseñaste.
    
    —¿Qué?
    
    —Negociar con lo que quede, pactar para no entregar la ciudad.
    
    Regina la miró, como si acabara de reconocer en ella no a una senadora, ni a una aliada, sino a una heredera.
    
    —No sé cuánto tiempo más pueda sostener esto —dijo la presidenta—. La soledad pesa distinto desde esta silla.
    
    Abril asintió. Lo sabía. Lo había visto. Lo estaba viviendo en sus propios hombros.
    
    —Pero tú la elegiste —dijo, sin juicio—. Y ahora, nos toca sostener la silla. Aunque nos ...
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