1. Fiebre de juventud


    Fecha: 14/07/2026, Categorías: Incesto Autor: Shrink2b, Fuente: TodoRelatos

    ... Tu cuerpo me reconoce. Me desea.
    
    Sus movimientos se hicieron más rápidos, más enérgicos. María ya no lloraba de dolor. Sus uñas se clavaban en su espalda, sus piernas se enroscaron alrededor de su cintura por propia voluntad, atrayéndolo más profundamente. El placer, un placer intenso, culpable y adictivo, comenzó a apoderarse de ella, ahogando los últimos vestigios de dolor.
    
    —Iván… más… por favor… —gimió, abandonando toda resistencia.
    
    Él gruñó, satisfecho. La tomó de las caderas y la folló con una fuerza brutal, animal, que hacía gemir los resortes de la cama. María gritó, no de dolor, sino de éxtasis, cuando su primer orgasmo la estremeció con una violencia que no creía posible.
    
    —¿Quieres mi semen, María? —rugió él, al borde del climax—. ¿Quieres que te llene? ¿Que te marque por dentro como te he marcado por fuera?
    
    —¡Sí! —suplicó ella, fuera de sí, poseída por una necesidad biológica, primaria—. ¡Por favor, Iván, adentro! ¡Vacíate todo dentro de mí! ¡Te lo ruego!
    
    Fue la invitación que él necesitaba. Con un gruñido gutural, la embistió una última vez, profundamente, y eyaculó dentro de ella en potentes chorros calientes. María sintió cómo la llenaba, cómo la posesión se completaba en su interior, y un segundo orgasmo, más profundo y devastador, la hizo gritar hasta quedar sin voz.
    
    Iván se desplomó sobre ella, jadeante. El calor de su semen dentro de su hermana era el sello final de su dominio. María, exhausta, con lágrimas secas en las mejillas y el ...
    ... cuerpo tembloroso por los espasmos del placer, lo abrazó con fuerza. El dolor había pasado. Solo quedaba la abrumadora, aterradora y excitante realidad de pertenecerle por completo.
    
    Esa noche no volvieron a casa. Iván la tomó de nuevo horas más tarde, en la penumbra de la suite, despertándola con caricias que ya conocían cada curva de su cuerpo. La poseyó por detrás, agarrando sus caderas con fuerza mientras murmuraba en su oído, con una voz ronca y llena de promesas obscenas: «No volveremos a casa hasta que estés bien moldeada a mi verga, hermanita. Hasta que tu cuerpo no sepa moverse sino para recibirme». María, aún adolorida pero extrañamente ansiosa, se arqueó contra él, aceptando cada embestida, cada palabra, como un nuevo mandato de su ahora única realidad.
    
    En casa, Inés se consumía en una ansiedad silenciosa. Sabía, con un instinto visceral, lo que estaba ocurriendo en algún lugar detrás de las paredes de un hotel de lujo. Caminaba por la casa vacía, pasando los dedos por el borde de la mesa donde Iván la besaba cerca de los labios. Tomó el teléfono decenas de veces, pero siempre lo soltaba. «¿Qué he hecho?», pensaba, horrorizada por su complicidad silenciosa, por el abandono con el que había entregado a su hija. Pero entonces, el recuerdo de la autoridad de Iván, la memoria de su fuerza y la promesa tácita de su posesión, hacía que un calor húmedo y traicionero brotara entre sus piernas. Se contradecía, se odiaba y se excitaba en un ciclo interminable.
    
    Iván ...
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