-
Fiebre de juventud
Fecha: 14/07/2026, Categorías: Incesto Autor: Shrink2b, Fuente: TodoRelatos
... fríos. —Les presento a mi esposa, María —dijo, haciendo énfasis en la palabra, y su mano apretó su cadera—. Y a mi suegra, Doña Inés, que tan amablemente nos acompaña. María, con un incipiente brillo de maternidad en el rostro, sonrió tímidamente. Inés, impecable como siempre, asintió con una elegancia que parecía tallada en piedra, aunque su mirada evitaba cruzar directamente con la de los curiosos. Los vecinos se fueron comentando lo "joven y enérgico" que era el nuevo propietario, y lo "tranquila y dedicada" que parecía su familia. La nueva vida adquirió rápidamente una rutina. Iván se estableció con María en la casa principal, en un dormitorio enorme con una cama que era un territorio de conquista diaria. Inés se instaló en la casita, un remanso de calma aparente donde cada objeto hablaba de una elegancia que se resistía a morir. Las primeras tres semanas fueron de una calma tensa y placentera. Las mañanas olían a café recién hecho que Inés llevaba a la casa principal, los días transcurrían entre la preparación del parto y largos paseos por los campos, y las noches… las noches tenían un ritmo marcado por Iván. Cada dos noches, con una puntualidad brutal, Iván se deslizaba fuera de la cama donde yacía María, satisfecha y adormilada, y cruzaba la distancia entre las dos casas. No llamaba a la puerta de Inés. Simplemente entraba. Y ella lo esperaba, a veces leyendo, a veces simplemente mirando por la ventana, siempre arreglada, siempre impecable. Sus encuentros ...
... eran una tempestad silenciosa de posesión y sumisión, un recordatorio constante de que, aunque viviera separada, su cuerpo y su lealtad aún le pertenecían por completo. Fue una tarde soleada, sentados los 3 en la terraza, cuando María, con una sonrisa que mezclaba el miedo y la felicidad puras, tomó la mano de Iván y miró a su madre. —Mamá… Inés… —corrigió adaptándose al nuevo protocolo—. Tenemos noticias… Iván y yo estamos esperando bebé. El silencio duró un segundo eterno. Inés contuvo la respiración, pero luego una sonrisa genuina, aunque compleja, iluminó su rostro. Se levantó y abrazó a su hija con una fuerza que delataba emociones encontradas: alegría por la vida que crecía, terror por las circunstancias, y una resignación absoluta al hombre que lo había orquestado todo. —¡Oh, María! —exclamó, y sus ojos se humedecieron—. Es una maravillosa noticia. Que emoción, tendremos un bebé en casa! Desde ese instante, Inés adoptó el rol con una devoción feroz. Se convirtió en la guardiana del embarazo de su hija. La cuidaba con un esmero que rayaba en lo obsesivo: preparaba sus comidas, la acompañaba en sus paseos, le leía para relajarse. Era la madre que cuidaba a su hija embarazada, borrando temporalmente la perversión de la situación bajo el manto sagrado de la maternidad. Una noche, María, vulnerable y hormonal, le confesó su mayor temor a su madre mientras tomaban té de hierbas. —Temo que… que Iván busque a otra mujer —susurró, las lágrimas asomando—. ...