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Fiebre de juventud
Fecha: 14/07/2026, Categorías: Incesto Autor: Shrink2b, Fuente: TodoRelatos
... un nudo en la garganta, pero la excitación era un fuego en las entrañas. Corrió hacia su cama y, desesperada, agarró la almohada. Se la metió entre las piernas, apretando con fuerza, y comenzó a frotarse contra ella como una posesa, imaginando que la fuerza que empujaba a su madre era la misma que la empujaba a ella. Iván cambió de posición. Puso a Inés de frente, levantó sus piernas sobre sus hombros y se enterró de nuevo, mirándola fijamente a los ojos mientras se movía con un ritmo lento y profundo, demoledor. —Dime que es mío — dime que este cuerpo ya es mío y solo mío… — exigió. —¡Es tuyo! ¡Todo es tuyo, Iván! —gimió ella, en un éxtasis de sumisión. El segundo orgasmo la recorrió como un tsunami, más intenso que el primero, arrancándole otro grito desgarrador. María, en su habitación, frotándose frenéticamente contra la almohada, alcanzó su clímax al mismo tiempo. Un gemido agudo y ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo se convulsionaba de placer y vergüenza. Iván, sintiendo cómo su madre se contraía alrededor de él, dio un último embate feroz. La volteó de nuevo, esta vez sobre su regazo, cabalgándolo en reverse cowgirl, para tenerla completamente bajo su control. El espectáculo de sus nalgas rebotando contra él mientras ella se abandonaba fue la gota que colmó su vaso. Con un rugido gutural, la embistió por última vez, alcanzando su propio orgasmo con una fuerza bestial que le hizo clavar los dedos en sus caderas. —¡IVÁN! —gritaron ...
... ambas al unísono. Inés, con un tercer orgasmo que la dejó hecha añicos, colapsó sobre la cama, exhausta, poseída y irrevocablemente cambiada. María cayó de lado sobre su cama, jadeando, con la almohada húmeda y el alma hecha pedazos, sabiendo que nada volvería a ser igual. La casa entera quedó en silencio, solo roto por los jadeos de los tres cuerpos, unidos por un secreto pecaminoso y un nombre gritado en la oscuridad: IVANNNN!!! La mañana siguiente llegó cargada de un silencio espeso y eléctrico. Iván fue el primero en despertar. Se levantó de la cama donde su madre yacía aún profundamente dormida, destrozada por la noche anterior, y se dirigió a ducharse. El agua fría corrió por su musculatura definida, sellando en cada gota su dominio y la satisfacción de un plan ejecutado a la perfección. Al salir, se envolvió en una toalla que se anudó en su cintura, dejando al descubierto su torso poderoso y las marcadas líneas de su V abdominal que se perdían bajo la tela húmeda. Al cruzar el pasillo, se encontró con María, quien salía de su habitación pálida y con ojeras. La miró con un descaro absoluto, una sonrisa lateral que no pretendía ocultar su triunfo. —Buenos días, hermanita… —dijo, su voz grave resonando en el pasillo—. ¿Dormiste bien? María se quedó paralizada. La imagen de él, húmedo, casi desnudo y emanando una seguridad animal, le provocó un remolino de sensaciones: miedo, vergüenza, pero sobre todo, una atracción visceral que le hizo sentir un calor ...