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Enfadado con mi madre, hicimos las paces follando
Fecha: 08/11/2026, Categorías: Incesto Autor: Juan, Fuente: TodoRelatos
... confusión entre verte como madre y como mujer—dije riéndome. El sol comenzaba a marcarle los hombros. Una brisa suave nos envolvía. —¡Qué morro tienes! Pero no puedo sentirme incómoda. Hasta me halaga. Supongo que es un síntoma de la juventud —dijo. —Hace tiempo que no he salido con una mujer, puede que tenga el síndrome de la abstinencia. Menos mal que eres una tentación imposible. Volvió a apoyarse en la toalla, girando apenas el cuerpo hacia mí. No nos volvimos a tocar. Pero el ambiente que vino después ya no era el mismo. Pasados unos minutos, se incorporó y se quitó el sombrero. —¿Nos damos un baño? Saltó al agua con elegancia, sin grandes salpicaduras. Cuando emergió, se sacudió el pelo hacia atrás y sonrió, mostrando una imagen con los ojos vivos como no se los recordaba nunca. Iba a nadar a una piscina en Madrid y se le notaba el estilo al bracear. Me lancé tras ella. El agua estaba fría pero agradable. Nadé un poco a su lado, alrededor del barco. En un momento dado, nadamos paralelos, muy cerca. Nuestras manos casi se rozaban bajo el agua. Ella se giró hacia mí, flotando, con la cabeza hacia atrás. —En el agua me siento otra. —Debe ser tu alma de sirena. —¿Has leído La Vieja Sirena? Es de José Luis Sampedro. —No. ¿De qué va? —Una sirena inmortal que renuncia a su inmortalidad a cambio del amor de un hombre. Léelo. Te va a encantar. —¿Y tú a que has renunciado? —Ya a nada. Fui fie a tu padre hasta el último día, me acoplé a ...
... su estilo de vida siempre. Pero eso quedó atrás y siento que tengo tu apoyo también. Mientras braceábamos con los pies y las piernas para no hundirnos, nuestras piernas se tocaron fugazmente bajo el agua y sin aviso, nadó hacia la escalerilla del barco. Yo me quedé en el agua unos segundos más, dejando que el corazón se calmara y mi polla se desinflara. En el mar esa mañana flotaban más cosas que una madre y su hijo. Ella subió al barco, con el bikini pegado al cuerpo, marcando unas areolas enormes, con gotas de agua resbalándole por el pecho. Se secó despacio, como si no tuviera prisa. Se sentó en la proa, con las piernas colgando por la borda, mirando hacia la costa. Yo salí del agua y me senté a su lado. Nos miramos un instante, muy cerca, con el sol reflejado en sus ojos. —Te has puesto muy moreno —me dijo, bajando la vista a mi torso, al rastro de sal que me cubría el pecho —. Estás muy guapo. —Y tú te has puesto muy atractiva —bromeé, pero lo dije en serio. Ella sonrió, pero no bajó la guardia. —¿Atractiva? Quizás para los señores de mi edad, pasados los cincuenta. La miré, directo a los ojos. —Eres como esa Vieja Sirena de la que me hablaste. No tienes edad, pareces eterna. —Me encanta como me ves. —El verano te sienta bien. Y el mar, el mar te transforma. Ella bajó un momento la mirada, como si no se esperara esa frase. Sacamos la comida y dimos cuenta de lo que había preparado, gazpacho, ensaladilla y entremeses fríos. Yo abrí el ...