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Enfadado con mi madre, hicimos las paces follando
Fecha: 08/11/2026, Categorías: Incesto Autor: Juan, Fuente: TodoRelatos
... vino y entre risas y cosas que nos íbamos contando, cayó la botella. —Madre mía, nunca me he mareado en barco pero con tanto vino... Acabó recostada en la cubierta, sobre la toalla, con los ojos cerrados, una mano sobre el vientre y la otra sobre el pecho, como protegiéndose. Yo elevé el toldo y lo giré de forma que la protegiera de los rayos directos del sol. Yo estaba despejado, observaba cómo respiraba, cómo las sombras del sol le dibujaban reflejos en la piel. De repente, sin abrir los ojos, sintió mi presencia. —Me gusta la sensación del calor de alguien a mi lado, que respira conmigo. No supe qué responder. Me pilló desprevenido. —Haces que me sienta como el guardián de tu sueño. —¿Sabes? No es solo el sexo lo que se pierde cuando te quedas sola —continuó—. Es todo lo que lo envuelve: el roce involuntario, los silencios compartidos, el ritual de un café compartido por la mañana. La compañía de alguien a quién le importas. Asentí, mudo. Y entonces, sin pensar demasiado, me acerqué un poco. —Cuando apareció Lucas me confundí. Me ofreció otro tipo de vida, viví el sexo como nunca lo había disfrutado y durante un tiempo, enmascaró todo lo maravilloso que viví con tu padre. —¿Lo echas de menos? —pregunté tratando de reivindicarlo. —Más que después de fallecer. Dormí con él tantos años, que algunas mañanas lo busco al despertar. Lucas en cambio es como si nunca hubiera existido. Me encantó su respuesta. —Fui egoísta e inmaduro. Debí ...
... hablar contigo, enfadarme cara a cara no ser un cobarde y evitarte. Perdóname mami. Hubo un silencio. Solo se oía el chapoteo suave del agua contra el casco. Ella dejó la toalla a un lado y me rozó apenas con los dedos el antebrazo. Yo me giré hacia ella y se acercó un poco más, hasta que su rodilla tocó la mía y sus labios quedaron tan cerca que podía sentir su respiración. —¡Me lo recuerdas tanto! Cada vez te pareces más físicamente. Podía haberla besado entonces. Podía haber sucedido todo allí mismo, bajo el sol, en ese barco navegando entre el respeto y el deseo. Pero no lo hice. Ni ella tampoco. En lugar de eso, se puso de pie con agilidad y dijo: —Esta noche hay verbena en el Club Náutico. Voy con mis amigas. ¿Por qué no te vienes? Me encantaría que me sacaras a bailar. —¿Y estropear la velada a todos los piratas que quieran abordar tu nave? —No hay ningún pirata que pueda competir contigo —me lanzó una sonrisa nada inocente—. Pero esta dama puede mantener a raya a todo el club náutico. Regresamos del mar con su piel tostada por el sol oliendo a sal, el alma algo revuelta y mi cuerpo en ebullición. Al llegar a casa, ella se adelantó al baño. El sonido del agua en la ducha me llegaba con nitidez, como una invitación callada. La imaginé en su desnudez con el agua deslizándose por sus pechos y mi amiguita reaccionó al instante. Salió envuelta en una toalla fina, casi translúcida, que apenas cubría lo justo. Llevaba el pelo húmedo, cayéndole sobre los ...