1. La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista


    Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... merced. Ella, de pie frente a mí, comenzó a ajustarse los guantes. No eran los guantes de piel elegantes que llevaba de la calle. Eran otros. Los de goma. Los de fregar. Los que usaban en su jardín. Pero estos… estaban peor. Mucho peor. Sucios. Podridos. Con una tonalidad marrón oscuro, como si la goma hubiera absorbido años de sudor, grasa y suciedad. Sus brazos eran carnosos, flácidos, con la piel colgando en pliegues que se tensaban con cada movimiento. Y esos guantes… eran demasiado pequeños para ella. No por error. Por elección. Ella los usaba así. Apretados. Como una segunda piel que le estrujaba los dedos, los nudillos, los antebrazos. Cada vez que tiraba de ellos, la goma emitía un chirrido agudo, un crujido seco, como si fuera a rasgarse. Un sonido que me producía temor  Me ponía los pelos de punta. Me hacía temblar. Tiraba con fuerza.. Los dedos se hundían en la goma, los nudillos se marcaban bajo la superficie, la piel de goma se tensaba, como si fuera a reventar. Pero no reventaban. Porque ella los quería así. Apretados hasta el límite. Hasta que la presión le doliera. Hasta que sintiera cada movimiento, cada flexión, cada latido de su propia carne bajo la goma. Era su ritual. Su ritual de poder y dominio Cuando terminó, los guantes estaban tan apretados que parecían a punto de estallar. La goma brillaba con un brillo grasiento, con manchas oscuras, con restos de algo que no quería identificar. Se acercó al armario, abrió la puerta con una llave que sacó de su ...
    ... bolsillo, y de reojo vi lo que había dentro: cadenas, látigos, botas altas, correas, un abridor de bocas metálico, una jaula de castidad… un arsenal de sumisión. Agarró varias tiras de cuero, unos candados, y se acercó a mí con  sus guantes sucios, marrones, húmedos, a punto de tocar mi piel.
    
    
    La vieja bruja comenzó a atarme al potro con movimientos precisos, como si hubiera hecho esto cientos de veces. Agarró las tiras de cuero que colgaban de cada pata del potro de madera —pesado, antiguo, con vetas oscuras de años de uso— y me envolvió las muñecas y tobillos. Cada tira se cerraba con una hebilla de metal fría, que presionaba con fuerza, hasta que sentía cómo el cuero se hundía en mi piel. Emití una queja silenciosa, apenas un jadeo, pero ella lo escuchó. “No quiero quejas”, dijo, y presionó aún más.
    Cada hebilla fue cerrada con un pequeño candado de metal indestructible, que cerró con una llave maestra que sacó de su bolsillo. En pocos minutos, quedó completamente inmovilizado. No podía mover ni un dedo. Mis manos estaban atadas a las patas delanteras del potro, mis pies a las traseras. El cuerpo me dolía ya, y aún no había comenzado el castigo.
    Estaba asustado. No por el dolor —aunque sabía que vendría—, sino por la certeza de que no podía escapar. Aquel potro no era una silla. Era una trampa. Y yo, su presa. La vieja Bruja Helga  Paina se colocó frente a mí. Vestida con su elegancia habitual: el vestido negro sin mangas que dejaban ver su carnosos hombros y brazos ...
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