1. La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista


    Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... miedo me invadió. Se colocó tras de mí, y con un tirón, bajó mi ropa interior, dejando mi culo al descubierto y desnudo. Sentí vergüenza. Humillación. Pero también… algo más. Algo que no podía nombrar, placer de servirla. Ella agarró su látigo y continuó hablando:
    "Ahora recibirás tus cien latigazos. Aquí no existe palabra de seguridad. No podrás salir corriendo. Si duele mucho... te aguantarás… Y lloraras  en silencio sin tener que escuchar tus quejas ".Se río. Era justo lo que deseaba: castigar a alguien sin límites, como ella deseara y sin escuchar sus protestas. Y yo… se lo había puesto demasiado fácil. Había subestimado a aquella vieja bruja. Y ahora lo iba a pagar muy caro. Estaba asustado. Pero ya era tarde. No podía escapar. Estaba atado con las cintas de piel y los candados a cada pata del potro. Tenía unas bragas con un sabor terrible a caca dentro de mi boca. Me daban  arcadas, náuseas, el sabor a caca de la vieja señora. Ella se reía. Intenté protestar, pero ya era demasiado tarde. Al intentar protestar, degusté más el sabor a caca de aquella vieja señora sin poder emitir sonido alguno. Y supe, en ese instante, que el dolor que venía… no sería solo físico
     La vieja bruja  agarró el látigo entre sus guantes de goma y lo hizo chasquear en el aire para después impactar en mi culo desnudo, como una serpiente .“Uno”, dijo, y el primer golpe cayó. Fue un dolor fuerte, un latigazo de fuego sobre la piel, que dejó una línea roja, fina, como un tatuaje de ...
    ... advertencia. El látigo no era pesado, pero sí preciso. Cada azote era un golpe calculado, un recordatorio de su poder. “Dos”, dijo, y el segundo impactó con más fuerza, como si el látigo hubiera aprendido el contacto con mi piel. La carne se encendía, se tensaba, se enrojecía. “Tres”, y ya sentí cómo el dolor se extendía, como una ola que subía desde la columna hasta los hombros.
    A los diez latigazos, el dolor era moderado, pero constante. Cada golpe dejaba una marca, una línea roja que se iba volviendo cada vez más roja. El látigo no era cruel… aún. Era metódico. Como un reloj. Cada azote, una cuenta. Cada cuenta, un paso hacia mi castigo. A los veinte, el dolor comenzó a intensificarse. Ya no era solo una quemadura. Era una marca. La piel se tensaba, se inflamaba, se volvía sensible. El látigo no solo golpeaba. Marcaba. Como si estuviera escribiendo mi transmisión en mi carne.
    A los treinta, el dolor era más profundo. Cada azote resonaba como un trueno en mi espalda, y la piel ya no era solo roja. Era morada, caliente, palpitante. El látigo no golpeaba la piel. Golpeaba la carne. Y yo… empezaba a entender por qué el hombre de la noche anterior había salido corriendo. A los cuarenta, el dolor era fuerte. Tan fuerte que intenté protestar. Quise gritar. Quise pedir clemencia. Pero mis labios estaban sellados por las bragas sucias  de Helga Pain —eran bragas con restos de caca líquida y orines—. Al intentar abrir la boca, degusté más el sabor de aquellas bragas. Un sabor a podrido, a ...
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